Comunicado de Gema Santoyo (candidata CS en elecciones municipales 2023)
Se rompe el Pacto del Molí: del idilio político al tropiezo con la manta.
Decía la canción “se nos rompió el amor de tanto usarlo”. 
La noticia ya es oficial: el alcalde ha anunciado en una entrevista en Radio Ibi la ruptura del Pacto del Molí, el acuerdo de gobierno entre el PSOE y Som Ibi-Compromís que sostenía el ejecutivo municipal de Ibi. Lo que durante meses fue presentado como una relación madura, estable y basada en el respeto mutuo, acaba como acaban tantas convivencias forzadas: con un “esto no funciona” pronunciado cuando ya nadie se cree lo contrario.
Conviene hacer memoria. Porque hubo un día (no tan lejano, por eterno que se nos haya hecho a la mayoría) en el que el Pacto del Molí se firmó con puesta en escena cuidada, sonrisas de compromiso y un discurso quasi romántico. Se hablaba de estabilidad, de un nuevo tiempo para Ibi, de responsabilidad y de un gobierno pensado para las personas. Era el equivalente político a prometerse fidelidad en lo bueno y en lo malo. Todo muy institucional. Todo muy ilusionante. Todo, visto hoy, excesivamente optimista o directamente falso.
La ruptura no llega por sorpresa, aunque sí por acumulación. Comunicados cruzados, entrevistas a la defensiva, reproches públicos y una sensación constante de trabajar como diríamos comúnmente “a salto de mata”, una provisionalidad que fue minando el pacto día a día. El gobierno municipal pasó de intentar gestionar proyectos a solo gestionar conflictos internos. Y cuando una relación se dedica más a explicarse que a funcionar, el final suele estar escrito.
Especialmente llamativo resulta el papel de Som Ibi en este desenlace. Durante la campaña electoral, uno de sus mensajes estrella era claro y contundente: “tirar de la manta”, destapar lo que otros “ocultaban”. Hoy, con el pacto roto, la imagen es menos heroica y más doméstica: la manta no se ha tirado, más bien se les ha acabado enredando en los pies.
En lugar de marcar el rumbo o imponer un relato propio, Som Ibi ha terminado atrapado en una dinámica que lo ha desgastado política y públicamente, sin llegar a capitalizar el conflicto, esto se resume en poca capacidad de gestión y mucho teatro.
El PSOE, por su parte, ha optado finalmente por el divorcio sin más prórrogas. Tras días de silencios estratégicos, anuncios de decisiones inminentes y respuestas aplazadas, la ruptura se hace pública por la vía más directa: la radio. Se confirma así lo que en Ibi ya era un secreto a voces. El pacto estaba agotado y mantenerlo solo estaba prolongado una agonía política que ya no engañaba a nadie.
El problema es que, mientras los socios reajustan discursos y reparten culpas, el pueblo de Ibi ha vivido en vilo. Presupuestos en el aire, tensiones convertidas en espectáculo público y la sensación de que el Ayuntamiento funcionaba más como una pareja discutiendo en el salón que como una institución centrada en gobernar. La ruptura pone fin a la ambigüedad, sí, pero no borra el desasosiego acumulado.
Hoy se rompe el Pacto del Molí. Se rompe también aquel relato de amor político que se prometía duradero. Queda ahora por ver si esta separación servirá para recuperar estabilidad y claridad o si simplemente abre una nueva etapa de incertidumbre.
Ahora queda el epílogo, que no es menor. Aún resta un largo tramo hasta las próximas elecciones municipales, demasiado tiempo como para improvisar y demasiado poco como para reconstruir credibilidad. El PSOE afronta desde hoy un gobierno en minoría, una posición legítima pero frágil, que exige más diálogo que nunca y menos épica de despacho. Gobernar solo no es imposible; hacerlo sin apoyos estables y con una ciudadanía escéptica, sí es arriesgado.
Mientras tanto, en la memoria colectiva quedan las promesas electorales de ambos partidos, muchas de ellas aun esperando turno para convertirse en hechos. Aquellas transformaciones anunciadas, la nueva forma de gobernar, la transparencia prometida, la mejora de servicios, la estabilidad institucional, el “poner a las personas en el centro” … (Curioso esto último, desde los extremos apelando al centro). Todo ese catálogo de buenas intenciones que se exhibió en campaña y se reafirmó con la firma del pacto ha quedado a medio camino entre el titular y el olvido.
El tiempo que queda hasta las urnas ya no es tiempo para relatos, sino para balances. Y el balance, hoy por hoy, es incómodo: un pacto roto, un gobierno en minoría y una ciudadanía que no votó para asistir a una ruptura sentimental retransmitida por comunicados y entrevistas. Porque al final, en política como en los matrimonios fallidos, no se juzgan las promesas del primer día, sino lo que realmente se construyó mientras duró la convivencia. Y ahí, Ibi todavía espera respuestas. Por suerte, estamos en tiempo de descuento y las elecciones están a la vuelta de la esquina.
Gema Santoyo Molina.





